Y por venir puteando, que tira los flanes. Estoy seguro que le dio menos coraje que a mí, al menos se ve que él los prepara y que todo el proceso de elaboración no es tan doloroso como cuando los ve bajar en sus charolitas individuales a las vías del metro.
En alguna ocasión, uno de mis teléfonos fue a dar el mismo paseo, solamente que pudo volver a mí. En este caso, doña flanera no pudo bajar por su producto, y el coraje mio iniciaba con el hambre intensa que me aquejaba, y ver ese desperdicio fue brutal. Hace mucho que no pruebo un buen flan napolitano, meses, y mi tripita también se enojó.
Mi lengua se interpuso varias veces entre mis dientes como castigo ante tal desperdicio. Pero yo no fui culpable, yo sólo observé como aquellos postrecitos se iban al vacío, igual que cuando caen al tracto digestivo. Tal vez sirvan como anzuelo para electrocutar a alguna rata de las vías, o simplemente, para el objetivo que fueron creados: terminar por ser mierda.
jueves, junio 02, 2005
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario