En uno de mis viajes por el metro conocí a doña Enjundia, indiferente persona que se peleaba a escobazos con la mugre formada por años en el rincón donde terminan los barandales y en la esquina de las escaleras eléctricas. Cual madre regañona que golpea a sus hijos por desobedientes (o porque necesita una catarsis para tantos años de maltrato), doña Enjundia arremetía a golpes contra la nueva orografía subterránea para ver si cedía o si en su interior ocultaba algún filón de oro o piedras preciosas que le sacara de la pobreza.
Telarañas y desechos de ratas hacían que doña Enjundia le pusiera más empeño a su trabajo. Parecía que le prometieron un aumento, aunque no podría asegurarlo.
Con esa cara demacrada y arrugada que denotaba cansancio, aburrimiento y hartazgo en general, doña Enjundia no tenía que gesticular esfuerzo porque parecían petrificadas sus facciones. Aún así, el trabajo salió, aunque no toda la mugre. Se cansó de golpear y golpear incesante a la nueva extensión del barandal y la escalera, pero dejó a la mugre con un brillo excepcional y una limpieza inigualable. Prefirió no encontrar aquel tesoro que imaginó y que probablemente no exista. Tomó su escoba, la cubrió con la jerga y la fue arrastrando con la pereza de los años encima hasta llegar a su cubículo, cumpliendo con el objetivo de trapear la parte que le correspondía.
Y ahí quedó doña Enjundia, cuando se convirtió en doña Pereza, que volvió a aparecer tres viajes después...
jueves, septiembre 01, 2005
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario